David Forty nos regaló media hora de magia con una propuesta llena de ternura y logró que estuviéramos todo el tiempo con los ojos bien abiertos.
En ocasiones el teatro es una herramienta que llega a lugares donde se mueven y estimulan partes de nosotros que desconocemos y muchas veces no necesita palabras, ni teorizar demasiado sobre objetivos. Por encima de todo está la necesidad de parar y recibir un momento de caricia y de calma mental.
Y de sonreír.
Yo me asomaba constantemente para ver las caras de los espectadores y pude ver el destello (real) en los ojos de nuestros peques. David encendía luces que asomaban por entre los recovecos de la escenografía, buscaba su reflejo mientras chapoteaba y contagiaba su alegría ¡Que carcajadas maravillosas las de nuestros guerreros! Esa tela brillante que hizo ruidos inesperados fue la reina de la función.
Una pieza de teatro honesta y muy cuidada.
¡Gracias David!



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